El nacer de Àfrica (Parte II)

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Al llegar a la sala de matrona, la luz era tenue y tenían el difusor con una fragancia superrelajante. Respiré profundo. No sabía como ponerme, pero ahora me doy cuenta de que en ese momento no pensaba en la epidural, solo quería transitar ese dolor y tenía plena confianza en ellas para hacerlo.

Aún no sé como subí a la camilla, Sandra me hizo un tacto, no me hizo nada de daño.

– ¡Estás de cinco, casi seis!- Exclamo- ¡Estamos de parto! – añadió medio bailando.

¡No me jodas!, pensé, no me había dado cuenta.

Después de hacerme una PCR, que en comparación con las contracciones era gloria, fuimos hasta la sala de nacimientos. Al entrar a mano derecha la bañera con agua calentita me estaba esperando. La sala estaba a oscuras, excepto la luz tenue de una lámpara de sal. Una fotografía preciosa de Montserrat presidía la sala desde el fondo, justo encima de la cama. Todo invitaba a la relajación. Me desnudé y entré en la piscina. Qué placer. Por fin algo de descanso después de tanta intensidad.

En el agua las contracciones eran más llevaderas aunque cada vez subían más de intensidad. Andrea, me daba masajes en la lumbar con aceites esenciales. Y me susurraba en cada contracción. Uri me daba ánimos, masajes, me pasaba paños fríos por la cara, me daba agua. Sandra iba anotando todo lo que sucedía. Ni pensé en todas las cosas que llevé, la música, los dibujos, las cámaras, madre mía que ingenua, las cámaras… Mi mente solo estaba para sobrevivir a ese dolor intenso, fluctuante, y escurridizo.

El placer del agua ya no compensaba, y los “no puedos”, salían de mi boca. “Quien me manda a mí”, verbalice en más de una ocasión. Mi mente aprovechó el escenario rocambolesco para echarme la bronca, “con lo fácil que seria con la epidural”, y allí estaba yo… aguantando esas contracciones. Cada vez que sentía que se acercaba otra gritaba: No, no quiero, no puedo más… a los que Sandra y Andrea respondían al unísono: ¡claro que puedes!, y le chillaba a Uri que apretara más en sus masajes en la lumbar. ¡más fuerte!, le decía, no sé cuántas veces.

Andrea me dijo:
– Piensa que la peor parte ya ha pasado.
– No me mientas. – Le respondí, aún tiene que salir la cabeza, pensé!

La voz de Andrea era dulce llena de paz, y me calmaba profundamente. Sus muy bien, cuando estaba en plena contracción me hacían estar conectada.

– Quiero el gas nitroso, ¿puede ser?. Le dije a Sandra.
– Aún es pronto.- Me respondió.

¿Pronto?, Pensé, ¡Esto se va a hacer eterno! Decidí no volverlo a preguntar, por no llevarme otro chasco.

 

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Mi mayor miedo cuando decidí tener un parto natural, era que me bloqueara, y no pudiera seguir. Y en eso punto casi sucede.

Pero el equipo de matronas es estupendo. Cuando Sandra detecto que me estaba saliendo, que estaba desconectando, supo volverme a mí. Cuando vio que las respiraciones en la contracción ya no eran de alivio, sino que estaba punto de hiperventilar:

– Carolina vuelve a la respiración, vuelve a ti. La contracción es como una ola, viene y se va.
Cuando estaba en pleno pico de la contracción decía
– Ya se va, ya se va. – con voz tranquila pausada- se va.

En alguna le respondí: No se va! No se va! A punto de llorar.
Y así entre gritos y palabras amables pasaron un par de horas.

Sandra estaba preocupada por el latido de Àfrica, ya que estaba en el límite, y quiso que saliera de la piscina para darme una ducha de agua fría. Primero me puse de rodillas, y fue ahí cuando sentí la presión en el sacro, sentí muchas ganas de hacer caca. Sabía que eso era bueno, ya que la cabeza de Àfrica estaba más apoyada en mi sacro y empezaba a descender los 4 pisos de mi pelvis.

Volvió a monitorizar y el costo encontrar el latido, había descendido mucho. Buena señal. Al salir de la piscina tuve unas ganas enormes de pujar, y ninguna de las dos matronas me lo impidió. Hice el primer pujo, y sentí alivio. Los gritos ya eran destinos, y el dolor también. No paraba de repetir: ya vine Àfrica, que fuerte ya viene. Fui para la ducha, dejé correr el agua fresca, pero el latido de Àfrica seguía igual. Y allí agarrada a los mandos de la ducha, hice 3 pujos más. Intensos. Profundos. Los gritos que los acompañaban eran cada vez más animales, más guturales, nacían desde mis entrañas.

– ¿Está insonorizada la habitación?. – Pregunté
La mirada de Sandra a punto de partirse la caja me lo dijo todo.
– Pues pobre la de la habitación de al lado.- dije.
– Tranquila, que ayer estaba igual que tú.

La sensación del pujo me fascinó, aún la recuerdo, me sentí canal. Sentí, como Àfrica descendía dentro de mí. En ese momento estábamos solo Uri, Sandra y yo, Andrea había salido. Y empece a notar otro tipo de sensación después de pujar, como un escozor en la zona perineal. Sandra me pidió hacer un tacto, ya que necesita a saber en qué punto estábamos por qué tenía la sensación que todo estaba avanzando muy rápido, me hizo un tacto indoloro. Me miro y me dijo: ya viene, te tienes que acostumbrar a esta sensación de escozor porque será así a partir de ahora, es su cabeza queriendo salir.

Aviso corriendo a las demás. Yo quería salir del lavabo. Volvimos frente a la piscina, y me ofreció una sabana atada en el techo para poder hacer fuerza para el pujo, lo intenté un par de veces, pero no me era del todo cómodo. Sandra me ofreció, ir a la cama, no lo veía claro. O volver a entrar en la bañera, pero no me veía capaz de levantar la pierna para entrar. O ponerme en el suelo. Suelo, le dije. Puso una colchoneta, y me tiré al suelo de 4 patas cuál animal. Pusieron un espejo, podía ver la entrada de mi vagina, como a cada pujo se abría, y medio asomaba la cabeza de Àfrica. En un pujo intenso, salió su cabeza con la bolsa íntegra, en los siguientes pujos no conseguía que saliera el resto del cuerpo. Sandra me dijo:

– Viene con el brazo estirado, tienes que hacer un pujo muy grande para que pueda salir.

Asentí con la cabeza.

Andrea me dijo:


– Te la pasaré por aquí. Señalando el puente que hacían mis piernas abiertas.

Asentí de nuevo.

Entendía las palabras, pero no las procesaba, aunque cueste de creer, en ese momento no era consciente que en minutos tendría a mi hija en brazos.

 

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Sentí ganas de pujar y estaba dispuesta a darlo todo.

Sandra, Andrea y Ana, que se incorporó en este tramo final, hicieron de cheerleaders para ayudarme con el pujo.

Uri, a mi lado, acompañándome en ese pujo que daría a luz a nuestra hija. Gritamos los dos al unísono, como si a través de la voz uniéramos fuerzas para ayudarla a nacer.

– Vamos, vamos, vamos, más, más, más, tú puedes, más, más, más. – oía como animaban las 3.

La bolsa se rompió. Ahí deje de mirar al espejo, y pujé con todas mis fuerzas, note como Sandra ayudaba a Africa salir y finalmente nació.

Me la pasaron por debajo de las piernas y unos ojos abiertos como platos, como unos faros de luz me iluminaron.  Por fin mi hija en brazos. Su cuerpo recubierto en vérnix. No lloró, yo tampoco. La llevé hacia mi pecho, y besé su cabecita húmeda, la miraba y no me lo podía creer.


– Hora del nacimiento, las quince y once. -Dijo, creo que Andrea, cuál película.

Pedí de tumbarme en la cama.

¿Por qué no llora?- Dijo Uri.

– 
Porque está tranquila y segura- Respondió Sandra.

Y allí los 3 recostados en la cama nos convertimos en familia.

Yo ya no recordaba el dolor. La miraba y decía: ya está aquí. Besaba a mi peque. Besaba a Uri. Ya está aquí le decía. Estaba en paz. Pensé en ese momento muchas veces. Pensé que rompería a llorar de la emoción. Y simplemente fue, fluimos como la vida misma, solo recuerdo paz, paz y ese olor ácido, el olor a sangre, su olor, su piel, su grasa, sus ojos. En ese instante algo en mí sanó. El espacio tiempo se paró. Toda la oscuridad vivida iluminada por ella. Mi alma se reconcilió con la vida.

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He decidido contarte el nacimiento de mi hija por partes, ya que necesito hacer de testigo de esta transformación. Aquí acaba el relato del nacimiento de Àfrica, pero vendrán muchas más partes. Porque esta maternidad, este largo y duro proceso de ser madre, ha destapado todo un mundo interior, lleno de reflexiones que necesito compartir por aquí. Reflexiones que verán su reflejo en mi creatividad y lo que te ofrezco. Porque al tener una marca personal, un proyecto tan personal como es el mío, implica, al menos para mí, ser auténtica. Toda transformación traerá cambios a todos los niveles. Aún no sé cómo. Espero saber canalizar toda esta transformación y hacerte llegar en forma de fotos, arte y presencia toda esta revolución interna.

 

Un abrazo mamífero

 
P.D: A parte de mi hija, en casa también esta naciendo un fotógrafo. 😉 La foto de portada, y la última estan hechas por él.
P.D.: Si quieres que capture el nacimiento de tu bebé pudes contactar conmigo aquí.

4 thoughts on “El nacer de Àfrica (Parte II)”

  1. Enhorabuena familia y muchísimas gracias por compartir este relato tan precioso e íntimo! Esperando más partes de esta loca aventura que es la maternidad.

  2. TERE CARRIZO ROMERO

    Quina experiència tan maca…, moltes gràcies per compartir-ho. Enhorabona Caro, m´en alegro moltíssim. Ara ve un camí dur pero a la vegada molt bonic.
    Desitjo que tingueu molta salut i felicitat!

  3. Montse Monferrer

    Gràcies Caro per compartir la vostra experiència com a nous pares des del principi. Jo no ho haguès explicat millor. Enhorabona i gaudiu molt de l’ Àfrica. Petons per tots tres.

  4. He tenido la extraña sensación de que el tiempo no importaba, era elástico, y la vida fluía como si no dependiera de la materia, a pesar de que aquí era lo importante: el cuerpo, la piel, los olores, sus ojos, tus gritos…, naciendo y dando a luz intemporalmente; y a la vez África y Caro, únicas y especiales. ¡Cuánto le va a gustar a África este relato cuando pueda valorarlo! Un abrazo grande a las dos y al fotógrafo, esa mirada tan presente.

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